martes, 22 de mayo de 2012


ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LA CRISTIADA

Por Jorge Pérez Uribe

Introducción
No se puede entender apropiadamente ese movimiento social popular bautizado correctamente como la “Cristiada”, partiendo únicamente de la actitud de un presidente admirador de Mussolini, que con la “Ley Calles”, impuso una situación insoportable para los católicos, a los que no quedo otro remedio que tomar las armas; ya que en el siglo XIX, habían ocurrido hechos similares, que por su lejanía y por deseo expreso de los “gobiernos revolucionarios” han quedado sepultados entre el culto juarista, la intervención francesa y el ascenso de Porfirio Díaz al poder.
En este trabajo rescato del olvido histórico términos, tales como son “los religioneros” y “la pax porfiriana”.
La Cristiada, como se verá posteriormente fue el desenlace dramático de cien años de enfrentamientos, ente dos fuerzas políticas, pero también espirituales, en donde irrumpe el levantamiento espontáneo de un pueblo vigoroso para defender su libertad de creencias.

Los actores seculares:

I.- La Iglesia Católica

Cuando Jesucristo funda su Iglesia, no entrega un manual de operación a sus discípulos, sino que deja a la razón humana y al libre albedrío, auxiliados por el Espíritu Santo, la forma en que se ha de organizar a sí misma, la Iglesia; así como la relación que ha de establecer con el poder temporal. Esto conlleva un lento, arduo y a veces ríspido aprendizaje, en el que a través del acierto-error, la Iglesia va descubriendo como se ha de relacionar con el imperio, con la monarquía y posteriormente con la república. Esta situación no es privativa de la Iglesia Católica, ya que la Iglesia Ortodoxa, al desprenderse de la Católica, también la experimenta fuertemente. No sucede así, por ejemplo con la Iglesia Anglicana, que se desprende uncida al rey y así continua hasta la fecha.
La Iglesia Católica nace bajo la persecución del monarca judío y del césar romano, pero al convertirse el emperador Constantino, experimenta lo que es ser una religión de estado. En occidente esta situación tendrá sus altas y bajas, según el emperador en turno sea creyente o no. Al caer el imperio Romano de occidente, el poder del estado se fragmenta en múltiples reinos bárbaros. La Iglesia Católica se convierte entonces en preservadora de la cultura greco-romana y a su labor evangelizadora agrega la de civilizadora de los pueblos bárbaros.
El resultado de esta labor de cerca de diez siglos es una civilización cristiana que recupera los ideales y pensamiento de la Grecia clásica y de la Roma, republicana e imperial.
El fortalecimiento de los reyes y de los emperadores llevó a varias experiencias, incluso en algún momento el Papa tuvo los atributos de un rey, con un ejército a sus órdenes, más para su defensa que para conquista de nuevos territorios. Por otra parte se dan situaciones históricas como es la entrega de territorios por parte de Carlomagno, que posteriormente se llamarán estados pontificios, y que la Iglesia en un momento defenderá como parte de su patrimonio.
Sin embargo poco a poco se fue definiendo, -cada vez con mayor claridad-, que el poder de la Iglesia no era el temporal, sino el espiritual y el moral. Abandonar el poder temporal lleva sobre todo al Papa a ser presa fácil de la ambición de los monarcas, como sucedió con Napoleón que secuestra a Pío VII.
Sin duda fue un camino difícil, de graves errores, de doloroso aprendizaje, pero en el cuál la Iglesia ha ido encontrando su lugar dentro de la realidad temporal de las relaciones con los estados, y aunque el estribillo se lo hayan apropiado los liberales, lo que siempre ha buscado la Iglesia es la separación entre la Iglesia y el Estado, pero dentro de una relación respetuosa y cordial.

II.- El Estado masónico-liberal y el gobierno de los EE. UU.
La masonería fue formalmente introducida en Nueva España por las tropas expedicionarias peninsulares, que arriban a raíz del movimiento insurgente. Aparece hacia 1813, el primer grupo masón conocido como “partido escocés”, en la Ciudad de México. Si bien en un principio sus iniciados eran todos oficiales peninsulares, a lo largo de los años comenzaron a adherirse los novohispanos, que hacía 1819 ya eran numerosos.
Fueron los masones de la Gran Logia Mexicana, organismo principal de la masonería escocesa, reforzada por los diputados mexicanos que habían participado en las Cortes españolas de Cádiz y que para entonces volvieron, entre ellos: Santa María, Mariano Michelena, Ramos Arizpe, Iturrubaría, y Mayorga, quienes coordinados por el agente confidencial de los Estados Unidos en México, Joel R. Poinsett, hicieron fracasar el naciente Imperio Mexicano. Poinsett definía así su misión: “si lograba el cambio de límites propuestos por el gobierno angloamericano se reconocería a Iturbide para que firmase el tratado respectivo; si no lo lograba había que derrocar al Emperador”.
Con la finalidad de llevar a cabo su misión plenamente, Poinsett funda la masonería del Rito de York, para lo cuál cuenta con innumerables recursos y la colaboración de Lorenzo de Zavala, José Ignacio Esteva, José María Alpuche y Vicente Guerrero. Su crecimiento fue exponencial y en poco tiempo contó con 130 Logias repartidas en la República. Esta masonería estaba totalmente supeditada a las logias de Estados Unidos (Charleston y New Oleans) y se imposo finalmente al Rito Escocés, tanto militarmente como en adeptos.
Después del Tratado de Guadalupe-Hidalgo y del Tratado de la Mesilla, por los que México perdía más de la mitad de su territorio, el embajador John Forsyth comunicaba a William L. Marcy, -Secretario del Departamento de Estado de  EE. UU.-, el 8 de noviembre de 1856: “…aunque la regeneración del país pide la restricción si no el aniquilamiento del poder moral, político y monetario de la Iglesia, tal reforma necesita emprenderse por grados y con cautela…hasta que el nuevo gobierno esté firmemente establecido en el poder. […] El nuevo partido razona más o menos así: la regeneración de la nación mexicana y la estabilidad de su gobierno, sólo pueden lograrse controlando los elementos que estorban la primera y hostilizan la segunda: esto es la Iglesia y el Ejército. Para controlar a ambos es preciso ser amo absoluto de ellos. En cuánto a la Iglesia, es imposible; en cuánto al Ejército es practicable”.[1]
Desde las logias masónicas se daban las instrucciones a los liberales, teniendo presente desde luego la sujeción que había ejercido la monarquía española a través del “Patronato” hacia la Iglesia Católica. Pero ya no se trataba de sojuzgarla, ahora se trataba de eliminarla. Los pasos a seguir eran la Ley Juárez, la Ley Lerdo, la Constitución de 1857. La puntilla la darían las Leyes de Reforma de 1859
A fines de 1855 se aprobó la Ley Juárez –llamada así por haber sido Benito Pablo Juárez García su autor-, la cuál establecía que los asunto civiles pasarían a jueces ordinarios en lugar de hacerlo a tribunales eclesiásticos y militares. Interfiriendo en la vida de la Iglesia, atentaba contra el Derecho Canónico al decretar que el fuero eclesiástico –conjunto de leyes y tribunales de la Iglesia- en los delitos comunes cometidos por clérigos y religiosos, era renunciable.
Cómo el Supremo Tribunal de Justicia protestó porque ésta ley no se discutió públicamente, fue disuelto.
La Ley Juárez provocó alzamientos aislados en la sierra de Puebla y en la sierra Gorda, que no tenían que ver con los conservadores.
Se inició una persecución contra civiles y militares conservadores, tal fue el caso de el destierro de Antonio Haro y Tamariz, el encarcelamiento de los generales Rómulo Díaz de la Vega, y Blancarte, del escritor Ignacio Aguilar y Machado, etc.
El congreso aprobó otras dos medidas antieclesiásticas como fueron la supresión de la Compañía de Jesús y la prohibición de los votos religiosos.
El 25 de junio de 1856 se promulgó la Ley de Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas Propiedad de Corporaciones Civiles y Religiosas ó Ley Lerdo –por haber sido preparada por Miguel Lerdo de Tejada-. Aunque también se le conoció como Ley de Desamortización de Bienes de Manos Muertas, la realidad era que, comprendía a propiedades arrendadas, tierras comunales indígenas, colegios, hospitales, orfanatos, casas de cuna, asilos, etc. La consecuencia de esta ley fue la desaparición de los servicios asistenciales que prestaba la Iglesia y la creación de latifundios al despojarse a las poblaciones indígenas de las tierras que la Corona española había respetado.
Todas estas disposiciones fueron acogidas en la Constitución del 5 de febrero de 1857, que establecía en su artículo 3° el impedimento de la Iglesia a la educación, bajo el precepto de “libertad de enseñanza”. En el 5° desautorizaba los votos religiosos, condenando tácitamente la existencia de órdenes religiosas. Prohibió en su artículo 13° el fuero eclesiástico; y el militar quedo reducido a faltas contra la disciplina militar. El artículo 27° negó a las corporaciones civiles y eclesiásticas la capacidad de poseer bienes raíces, con la única excepción de los templos. El artículo 123 daba a los poderes federales la posibilidad de intervenir en materia de culto y disciplina externa, con lo que la Iglesia quedaba supeditada al gobierno.
Los primeros en desconocer la Constitución fueron los liberales moderados como el presidente Ignacio Comonfort, Manuel Payno, Juan José Baz, el general Félix Zuloaga, quienes mediante el Plan de Tacubaya pedían se estableciera un Congreso cuya misión sería “la de redactar una Constitución” que estuviese “en armonía con la voluntad de la nación, protegiendo los verdaderos intereses del pueblo”.
El acoso a los militares conservadores y a la iglesia fue lo que llevó a que se levantaran en armas generales como Luís G. Osollo y Miguel Miramón que tomaron la capital, ante lo cuál el titubeante Comonfort (que luego habría de desconocer el plan de Tacubaya), dop tiempo a que Benito Juárez –que en todo momento estuvo al tanto de las decisiones de Comonfort-, fuera nombrado presidente de la Suprema Corte de Justicia. Los representantes de 27 estados nombraron presidente interino al general Félix Zuloaga. Benito Juárez entonces presidente de la Suprema Corte de Justicia huyó a Querétaro reclamando para sí la Presidencia, luego marchó a Guanajuato y a Guadalajara.
La Guerra de Reforma o Guerra de los Tres años, no fue sólo una guerra civil entre dos presidentes –Zuloaga y Juárez- motivada por la promulgación y posterior desconocimiento de una Constitución, mucho menos fue un conflicto alentado por el “alto clero”, fue resultado del atentado contra las creencias del pueblo eminentemente religioso. La influencia que si se advierte es la de Estados Unidos que a través del embajador Forsyth ofrece a Zuloaga el 22 de marzo de 1858, 25 millones de pesos por Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo león y Tamaulipas, ofrecimiento que es rechazado y lleva a EE. UU., al rompimiento de relaciones con Zuloaga. En el terreno militar la ayuda económica y en armamento de última generación como los rifles de precisión Misissippi y Sharp ayudan a ganar batallas a los liberales. También se dan intervenciones directas de norteamericanos como el batallón de rifleros comandado por Joe Chesman que combate con Santos Degollado en Guadalajara, 5 cadáveres de norteamericanos y el del capitán Green son encontrados entre los muertos de la batalla de Tacubaya, y las más ostensible es cuando el general Miramón sitia a Veracruz –donde se encontraba Juárez a su regreso de New Orleáns-, por tierra y mar; cuando repentinamente tres barcos de la marina estadounidense atacan a los 2 barcos mexicanos, capturándolos y conduciéndolos a New Orleans.
Es en esta época cuando se celebra el Tratado MacLane-Ocampo que concedía a EE. UU. el derecho de tránsito a perpetuidad por tres vías: una en el Istmo de Tehuantepec, otra de El Paso, Texas a Guaymas y otra de algún punto del Río Grande o Nogales a Mazatlán, más el permiso al gobierno estadounidense para proteger esas vías con soldados yanquis. Los derechos aduanales en dichas vías serían al arbitrio de EE. UU., es decir, México quedaba reducido a colonia de Estados Unidos.
Si bien el protocolo original contenía la cesión de Baja California a cambio de una indemnización, el texto definitivo denota un cambio en la política norteamericana que se refleja ya en la comentada misiva del 8 de noviembre de 1856 del embajador John Forsyth a William L. Marcy, cuando afirmaba “… ¿no podríamos nosotros gozar de todos los frutos de una anexión, sin sus responsabilidades y sus daños? ¿no podríamos nosotros asegurar para nuestros compatriotas el usufructo de los ricos recursos del territorio mexicano, sin el peligro de introducir en nuestro sistema social y político a las ignorantes masas del pueblo mexicano?”.[2] La geopolítica operó a nuestro favor en este caso, ya que las diferencias entre los estados de norte y del sur en Estados Unidos que se iban incrementando, hicieron que no fueran apoyadas las pretensiones de anexar más territorio mexicano, de una nueva invasión, ni la de aprobar el Tratado MacLane-Ocampo declarado como “infame” por senadores norteños. Otra situación que operó a nuestro favor fue que el 6 de noviembre de 1860 es elegido presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln, candidato de naciente Partido Republicano, cuya posición antiesclavista era conocida.

Las Leyes de Reforma
Expedidas a partir del 12 de julio de 1859 en Veracruz, eran desde su principio, anticonstitucionales y sin validez legal, dado que no fueron sancionadas por el Congreso. El manifiesto que las había precedido acusaba al clero de haber promovido y sostenido la guerra, a resultas de los cuál se expedían tales leyes. Era pues “el aniquilamiento del poder moral, político y monetario de la Iglesia” del que hablaba John Forsyth, en 1856.
Resumiendo estas leyes disponían:
v  La confiscación por el gobierno de todos los bienes muebles e inmuebles pertenecientes a la Iglesia.
v  La supresión de todas las órdenes religiosas de varones, las órdenes de religiosas subsistirían hasta su extinción natural, puesto que se suprimían los noviciados y los votos religiosos.
v  Establecimiento del matrimonio civil en lugar del eclesiástico.
v  Establecimiento del registro civil, cuya función venía ejerciendo la Iglesia
v  Secularización (estatización) de los cementerios, que anteriormente administraba la Iglesia.
v  Supresión de fiestas religiosas, con prohibición a los funcionarios de gobierno para asistir en cuanto tales, a ceremonias religiosas.
v  Implantación de la libertad de cultos (con excepción del católico, que quedaba sojuzgado al gobierno)
Simultáneamente el gobierno de Juárez, a través de Melchor Ocampo dio su apoyo en octubre de 1859, a una iglesia cismática, la “Iglesia Mexicana”, y apoyo la importación de ministros de Iglesias protestantes.
Finalmente el gobierno liberal de Juárez se establece en la capital del 25 de diciembre de 1860, aunque los jefes conservadores continúan al frente de grupos guerrilleros.
Se agregaron nuevas leyes reformistas a las ya existentes consistentes en:
v  Secularización (estatización) de hospitales y establecimientos de beneficencia.
v  Supresión de los cabildos eclesiásticos.
v  Supresión de las comunidades religiosas, con excepción de las Hermanas de la Caridad.
Se persiguió a los obispos y católicos opuestos a la reforma y a los liberales que se oponían al Tratado MacLane-Ocampo.
La confiscación de los bienes de la Iglesia que fue a parar a manos de “eminentes liberales” no ayudo en nada al país, en tanto que las Leyes de Reforma si le crearon nuevas obligaciones burocráticas y económicas al gobierno como eran la administración de los servicios de registro civil y sobre todo de los servicios de educación, asistencia social y beneficencia pública que anteriormente proporcionaba la Iglesia y que sufragaba con los <<bienes de manos muertas>>.
Ante la quiebra de la economía juarista, la masonería estadounidense, previendo una posible intervención de Europa por la deuda acumulada, propuso a Juárez a través del embajador Tomas Corwin, un préstamo de once millones de pesos para que se pudiera pagar a los tenedores extranjeros de bonos mexicanos; obviamente el ofrecimiento llevaba una segunda intención: se garantizaría hipotecando a favor de los EE. UU., los terrenos públicos no vendidos y los bienes expropiados al clero. Si bien el presidente Lincoln estuvo de acuerdo al principio, finalmente ni él ni la mayoría del Senado quisieron ratificar el ahora Tratado Corwin-Doblado.
La consecuencia del desastre financiero del gobierno liberal fue la suspensión de pagos de la deuda externa, decretada el 17 de julio de 1861 y la consecuente intervención francesa.

Los “religioneros” 1874-1876
A la muerte de Juárez, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada continúa con el plan gradualista de la masonería y del gobierno norteamericano  elevando a rango constitucional las Leyes de Reforma, el 23 de septiembre de 1873; procediéndose en consecuencia a una nueva expulsión de los jesuitas y de las Hermanas de la Caridad, a las que Juárez había respetado, así mismo se expulsó a todo sacerdote extranjero, se prohibió cualquier manifestación religiosa afuera de los templos, y sobre todo se favoreció oficialmente la difusión del protestantismo, con el apoyo norteamericano.
La obligación de jurar la Constitución provocó motines en toda la República. Se produjeron motines urbanos en Morelia, Zinacatepec, Dolores Hidalgo, León y otros lugares. Hubo levantamientos armados en Jonacatepec, Temascaltepec y Tejupilco. El 9 de enero de 1874, Ignacio Ochoa y Eulogio Cárdenas (abuelo de Lázaro Cárdenas) tomaron Sahuayo. La insurrección prendió en los estados de Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Querétaro y México, Hidalgo y Guerrero. No eran conservadores, ni gavilleros, eran campesinos que se levantan en defensa de su fe.
Siguiendo los pasos de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada quiso perpetuarse en la presidencia, que había heredado como presidente de la Suprema Corte de Justicia a la muerte de Juárez, y que en fraudulentas elecciones había ganado en 1872 y 1876; ante lo cual el general José de la Cruz Porfirio Díaz Mori se sumó al Plan de Tuxtepec, que desconocía a Lerdo de Tejada. La victoria militar de los insurrectos hizo que Lerdo se refugiará en Estados Unidos.

La “pax” porfiriana
<<Dio a conocer el Caudillo de Tuxtepec que era estadista cuando, conservando el principio de separación de la Iglesia y el Estado, se propuso acabar con la tarea de destrucción de la Iglesia por el Estado. Estableció relaciones personales con los miembros del alto clero, atendió a sus recomendaciones para emplear católicos, prohibió persecuciones y toleró la existencia de conventículos...>>[3]. Al no tener ya razón de ser el movimiento religionero desaparece.
Porfirio Díaz dotado de una notable inteligencia política y consciente de la amenaza expansionista norteamericana, quiso gobernar por encima de facciones, buscando la unidad. Así conservó los principios del liberalismo, evitando la aplicación radical de los mismos y concedió libertad y derechos a los católicos dentro de ciertos límites.
Balance masónico-liberal
En tan solo 55 años las logias masónicas de Charleston y Nueva Orleáns fieles instrumentos del <<destino manifiesto>>, habían destrozado el proyecto del Imperio Mexicano de Agustín Iturbide y de la Gran Colombia de Simón Bolívar, reduciendo Centroamérica a un conjunto de “repúblicas bananeras”. México fue despojado de más de la mitad de su territorio, Guatemala de Belice y Panamá se convertiría en “protectorado” de Estados Unidos.
La población española había sido expulsada y su herencia e influencia cultural, combatidas, reivindicándose un indigenismo, que ni el mismo Benito Juárez protegió.
El despojo de las tierras de las comunidades indígenas –mediante las Leyes de Reforma- ocasionó que de 1854 a 1876 las haciendas disminuyeran de 6,092 a 5,700 y los ranchos grandes de 15,085 a 13,800 y que mientras en la primera mitad del siglo en los campos llegaba a faltar “gente para todas las operaciones de la agricultura” según comentaba el historiador Lucas Alamán, para esta época se iba incrementando el número de despojados que se unían a las haciendas en calidad de siervos.
El Ejército había sido minado con la intromisión de las logias masónicas y ya la oficialidad ostentaba además del grado militar un grado masónico, requisito indispensable para los ascensos.
La Iglesia cuya única opción era la desaparición, había sido despojada de todos sus bienes materiales y derechos civiles necesarios para efectuar su misión terrenal. Confinada a los templos, debería extinguirse inexorablemente con la muerte de los actuales sacerdotes y religiosos, puesto que ya no podía haber más profesión de votos por mandato constitucional. En su lugar se promovía el culto protestante con pastores importados de Norteamérica
La educación si ya desde antes de la Independencia se reconocía obligatoria y gratuita, ahora era además (anticatólica) bajo el rótulo de “laica”.
La masonería sustituyó el culto católico por un nuevo culto laico, en donde el decálogo era sustituido por la constitución -que los funcionarios públicos debían de jurar-, los dogmas religiosos fueron sustituidos por los dogmas liberales: el racionalismo, el evolucionismo, el positivismo. Los sacramentos fueron sustituidos por “el registro civil”, que ahora consignaba los nacimientos, y defunciones. Los matrimonios ya no fueron oficiados por un sacerdote, sino por un juez “de paz” que recitaba la epístola de Melchor Ocampo. Una nueva liturgia laica se fue desarrollando, presidida por el “gran santo inmaculado” Benito Juárez; a la cuál se fueron añadiendo otras figuras. Con un riguroso calendario de festividades civiles, el laicismo, fue sustituyendo las festividades religiosas, sobreponiendo en algunos casos una sobre otra, verbigracia, la del 5 de febrero, en la que se sustituye la del primer santo mexicano -Felipe de Jesús- por la de la Constitución de 1857 y posteriormente por la de la Constitución de 1917.

Colofón
Sabías y proféticas resultaron la palabras de don Porfirio cuando afirmó: <<No existen riquezas considerables en manos de la Iglesia, y no hay alzamiento populares sino cuando el pueblo se siente herido en sus tradiciones indesarraigables y en su legítima libertad de conciencia. La persecución de la Iglesia, esté implicado el clero o no, significa la guerra, y una guerra tal que el gobierno no puede ganarla sino contra su propio pueblo, gracias al apoyo humillante, despótico costoso y peligroso de los Estados Unidos. Sin su religión, México está perdido sin remedio. >>[4]


[1] Alvear Acevedo, Carlos, Historia de México, Editorial Limusa, S. A. de C. V., México, 2007. Pág.266
[2] Alvear Acevedo, op. cit., pág. 266
[3] Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, México, Ed. Nacional, 1964, Pág.91
[4] Jean Meyer, La Crístiada, Siglo XXI Editores, S.A. 3a.edición, 1974, 2°.Vól, Pág.44